«Longum est silentium
me osse…me ore…
mecum…»
“Yo hablo desde mi, si bien mi herida no dejara de coincidir con la de alguna otra supliciada que algún día me leerá con fervor por haber logrado, yo, decir, que no puedo decir nada”. Alejandra llegó a mi vida a partir de una supliciada, mi Romy, quien me mostró un dolor que veníamos compartiendo desde que no nos conocíamos. Nos encontramos cuando el camino se hacia irresistible para ella y se tornaba sombrío -más aun- para mi. Sin embargo nos adentramos en las voces que nos llamaban desde antes, desde siempre, entre palabras, sinsentidos y caídas con fondo de bandoneón.

Decía que mi camino comenzaba a ser más sombrío, y no lo digo por querer ser oscuro como todo adolescente esquivo. Antes, era esquivo por mi obsesión con el silencio promiscuo; ahora, lo era desde la noche, en la que lograba, poco a poco, adentrarme con el cuerpo obsecuente y radiante.
El cuerpo comenzaba su recorrido por los versos que jamás me animé a pronunciar, por aquellos que la piel gritaba y donde ella era la palabra cenital alumbrando bosques, calles y arbustos, y luego, con un poco de sueño, sábanas.
una flor
no lejos de la noche
mi cuerpo mudo
se abre
a la delicada urgencia del rocío
En el largo camino a casa siempre encontraba ese rocío. El camino me lo ofrecía, la noche se me regalaba, las sombras me protegían, el encuentro con la piel nuevamente me asombraba. Y durante ese tiempo nunca el cuerpo ha perdido conciencia de los rostros amables. No voy a escuchar -ni lo hice- esas voces agudas cantando rosarios, que me castigaban infantilmente.
La mente, esa piedra de la locura, mi locura, nuestra locura, se perdía en otro recorrido aun más tenebroso, pero se diferenciaba por el sufrimiento más que por el placer: entre el querer decir, el decir y lo dicho. Una lengua que traiciona constantemente, no por traicionar nomás, sino por ocultar. Rara palabra ésta, ejjejejeje… ocultar es tapar, esconder de los oculus, de los que ven. Ay!, de los ojos; leer, escuchar, sentir y gozar y sufrir tanto…
los ojos
hablan lo justo
ojos que se abren
arrojan lo sobrante
ojos
no palabras
ojos
no promesas
trabajos con mis ojos
en construir
en reparar
en reconstruir
algo parecido a una mirada humana
Maldita inocencia la mía, hablar de ojos y de camino, de lengua y de palabras, de piel y de noche. Pero si soy ése que no distingue de las cosas su forma sino es por un vidrio pequeño buscando el mundo. Ése que ronda las palabras llorando recuerdos inefables por causa del dolor, y también ése que intriga al silencio con sus penas. Ése que se ríe de los encuentros nocturnos por no caer en el tiempo del soliloquio.
He renunciado al casticismo de mi cuerpo para emplear el lenguaje del cuerpo como aquello que de la nada rompe con las palabras que no se pueden decir. He buscado en el lenguaje de los cuerpos la sutileza de los gestos que escondemos, que escapamos. He buscado un gesto de amor que se niegue a la extinción y al olvido. He buscado el amor en cada beso y en cada caricia. Pero nada ha pasado. O bien, todo ha pasado y nada pasó. Sigo buscando. Ciego, sigo. Sediento y asombrado y ciego. Era como me lo decías Alejandra:
Buscar
No es un verbo sino un vértigo. No indica acción. No quiere decir ir al encuentro de alguien sino yacer por alguien que no viene.
Caída que yace muda en este músculo izquierdo ahonda esta solitud y sin embargo uno sigue ritmando verbos con adjetivos mal preciados. Pero estoy en el camino para rehacer el poema mal trazado de mi cuerpo por uno nuevo. Uno con ritmo de lluvia, con cadencia de noche gemida, con cuerpo besado y encontrado. Llegará, Alejandra, ese lugar del tiempo hallado, sin que ese hallar sea el vacío.
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