13 julio, 2009

¿A quien busca en la noche
Que gira sin cesar?

Alfonsina Storni


Y canes encadenados cantan:
cualquiera trina su cintura
y su espalda arquea una sonrisa
y los escombros murmuran la noche que copula entre los arbustos.
Ay de ti,
que no temes a los espinos.

Y canes encadenados cantan:
el cierre bajó y tu piel clamó un giro hacia su boca,
el cierre bajó y su mano colmó una luna de tu gemido,
encontró, a pies cansados,
las caricias entre muslos.

Ay de ti,
que no temes a los espinos.

Y canes encadenados cantan
que perviven aún en las horas dormidas
cuando aúllas, desafías y lames su lunar.
Que plumas atisbadas toman tu sexo,
que tu mano pide
y que la otra llueve tus ojos y…
Ay de ti
que no temes a los espinos,
que los canes encadenados cantan,
que cantan la noche que gira tu cintura…ay de ti…

12 julio, 2009

Alejandra, voce et littera

«Longum est silentium
me osse…me ore…
mecum…»


“Yo hablo desde mi, si bien mi herida no dejara de coincidir con la de alguna otra supliciada que algún día me leerá con fervor por haber logrado, yo, decir, que no puedo decir nada”.
Alejandra llegó a mi vida a partir de una supliciada, mi Romy, quien me mostró un dolor que veníamos compartiendo desde que no nos conocíamos. Nos encontramos cuando el camino se hacia irresistible para ella y se tornaba sombrío -más aun- para mi. Sin embargo nos adentramos en las voces que nos llamaban desde antes, desde siempre, entre palabras, sinsentidos y caídas con fondo de bandoneón.
Decía que mi camino comenzaba a ser más sombrío, y no lo digo por querer ser oscuro como todo adolescente esquivo. Antes, era esquivo por mi obsesión con el silencio promiscuo; ahora, lo era desde la noche, en la que lograba, poco a poco, adentrarme con el cuerpo obsecuente y radiante.
El cuerpo comenzaba su recorrido por los versos que jamás me animé a pronunciar, por aquellos que la piel gritaba y donde ella era la palabra cenital alumbrando bosques, calles y arbustos, y luego, con un poco de sueño, sábanas.

una flor
no lejos de la noche
mi cuerpo mudo
se abre
a la delicada urgencia del rocío


En el largo camino a casa siempre encontraba ese rocío. El camino me lo ofrecía, la noche se me regalaba, las sombras me protegían, el encuentro con la piel nuevamente me asombraba. Y durante ese tiempo nunca el cuerpo ha perdido conciencia de los rostros amables. No voy a escuchar -ni lo hice- esas voces agudas cantando rosarios, que me castigaban infantilmente.
La mente, esa piedra de la locura, mi locura, nuestra locura, se perdía en otro recorrido aun más tenebroso, pero se diferenciaba por el sufrimiento más que por el placer: entre el querer decir, el decir y lo dicho. Una lengua que traiciona constantemente, no por traicionar nomás, sino por ocultar. Rara palabra ésta, ejjejejeje… ocultar es tapar, esconder de los oculus, de los que ven. Ay!, de los ojos; leer, escuchar, sentir y gozar y sufrir tanto…

los ojos
hablan lo justo
ojos que se abren
arrojan lo sobrante
ojos
no palabras
ojos
no promesas
trabajos con mis ojos
en construir
en reparar
en reconstruir
algo parecido a una mirada humana


Maldita inocencia la mía, hablar de ojos y de camino, de lengua y de palabras, de piel y de noche. Pero si soy ése que no distingue de las cosas su forma sino es por un vidrio pequeño buscando el mundo. Ése que ronda las palabras llorando recuerdos inefables por causa del dolor, y también ése que intriga al silencio con sus penas. Ése que se ríe de los encuentros nocturnos por no caer en el tiempo del soliloquio.
He renunciado al casticismo de mi cuerpo para emplear el lenguaje del cuerpo como aquello que de la nada rompe con las palabras que no se pueden decir. He buscado en el lenguaje de los cuerpos la sutileza de los gestos que escondemos, que escapamos. He buscado un gesto de amor que se niegue a la extinción y al olvido. He buscado el amor en cada beso y en cada caricia. Pero nada ha pasado. O bien, todo ha pasado y nada pasó. Sigo buscando. Ciego, sigo. Sediento y asombrado y ciego. Era como me lo decías Alejandra:
Buscar
No es un verbo sino un vértigo. No indica acción. No quiere decir ir al encuentro de alguien sino yacer por alguien que no viene.
Caída que yace muda en este músculo izquierdo ahonda esta solitud y sin embargo uno sigue ritmando verbos con adjetivos mal preciados. Pero estoy en el camino para rehacer el poema mal trazado de mi cuerpo por uno nuevo. Uno con ritmo de lluvia, con cadencia de noche gemida, con cuerpo besado y encontrado. Llegará, Alejandra, ese lugar del tiempo hallado, sin que ese hallar sea el vacío.

18 junio, 2008

LA REINA

Con los ojos fijos en la luna, ella se prepara para su acto final, su gran espectáculo último. La arena corre por el palacio como por el hueco del tiempo y ella la detendrá con el poder de su voz que pronto agonizará.
- ¡Me la pagarás! No te quedarás con el cielo de mi reino y no me dejarás al borde del abismo con tu hijo en mis brazos. Esta noche verás lo que soy capaz; voy a hacer que el agua cante bajo la niebla de arena pero no va ser cualquier canto. Los gatos que me vigilan llorarán por última vez y derraparán de los balcones más altos del palacio; haré sentir el peso de mi voz que no supiste escuchar, ¡maldito!
Las criadas vestidas de blanco-cala se acercan, una con un gran tazón lleno de frutas maduras, la otra con un jarrón con agua fresca y la tercera con una lágrima invisible, con los hombros estremecidos y una gran canasta verde de la que se asoman telas rojas. Ella se peina su largo y lacio cabello, los gatos maúllan alrededor de ella, conjuran el secreto que se avecina en hechos tan divinos como animales. Entre medio de la noche la unión entre la muerte y el destino engendraría solamente unos segundos de historia…
- Me estás matando… yo aquí, con los ojos duros y la boca afilada para vociferar en medio de la orgía de sentimientos percudidos que me invadieron desde tu partida, y estoy… y no sé si estoy verdaderamente, porque los espejos del palacio me confunden con las voces que se pronuncian solitarias por los rincones. Anoche lloraba y de los ojos una imagen se me cayó al suelo: tu beso partido al medio y vestido de traición y negritud; al final vino una de mis criadas, lo alzó y lo llevó bajo sus ropas y yo, sola, escuchaba las palabras de los espejos ambulantes que me decían que ya era tiempo de soltar los gatos a los dioses y se unieran, y nos uniéramos y nos separáramos, aunque ya lo habías cumplido antes de pronunciado. La única palabra que me es válida escuchar es la de ellos, la tuya me traiciona desde el momento anterior a tu pensamiento; si, ellos se estacionan en mi carácter de dueña y señora y conjuran la verdad del tiempo y el espacio en mi destino. Ya esta mañana me reía de tu desvergonzada osadía y me lamentaba, carcajadas de por medio, de tu muerte futura… de la cobardía con que te enfrentaste a la muerte… jajajá jajá…
Al beber el último sorbo de agua su risa se desnudó, sus ojos se cerraron y los gatos comenzaron a cantar la danza crepuscular, vestida de rojo salió de la canasta, su lengua perfecta de muerte besó su piel, sus dientes abiertos por la sed de vida llenaron su cuerpo de lunares duales. La criada de la lágrima invisible entró corriendo asustada por los gatos y avisada por los dioses a ver a su reina, la encontró perdida entre los gatos con un espejo junto a su rostro y que vislumbraba lo que debía haber sido su última sonrisa y con la serpiente en su vientre oficiando de enviada de los dioses.

12 junio, 2008

LA MENSAJERA


Ella entró desnuda, obsecuente por la inmensa puerta que se erigía en la entrada del palacio con un gato en la mano y doce perros atrás que la custodiaban. Su mediana estatura se confundía entre las sombras; sus caderas inmaduras mostraban el paso lento del tiempo en su curvatura, su largo cabello le tapaba sus senos y en su rostro vestía dos lágrimas. Cuando llegó a la habitación del oráculo los hombres que rodeaban la gran mesa tomaron un perro cada uno, pues ya estaban contados los pasos que debían seguir de ahí en más. Caminaron en círculos alrededor de la mesa donde la joven estaba ya recostada y los murmullos comenzaron a rondar por la sala, se confundían con la oración del gran sacerdote que intentaba consolar a la joven mediante caricias que no hacían más que golpearla, más y más. Los hombres luego de haber dado las doce vueltas y haber confesado sus pecados y ofensas a los dioses, acogotaron a todos los perros, uno a uno iban cayendo de entre las manos de los sacerdotes. Las palabras se transformaron en aullidos que presagiaban la escena posterior de la noche; el dios mayor mandaba a su hija mayor a reclamar lo que le que les correspondía: a ella, los perros con sus secretos y pecados y a él, la joven con los pedidos.
La joven con su gato en las manos seguía llorando sobre la mesa llena de edredones. Los sacerdotes comenzaron a danzar un ritual antiguo, gritaban, giraban y gemían todos a un tiempo sin medida. El gato se escapó de la joven y se plegó a la danza de los sacerdotes, se regodeaba entre las piernas, relamía las vestiduras negras que, a medida que avanzaba la danza, iban siendo cada vez menos. Los hombres desnudos todos, ahora, buscaban a la joven, tenían que entrar en ella para llegar a los dioses y realizar sus peticiones; en el interior de la joven se encontraba la palabra hacia los dioses. Ella lloraba y lloraba y ellos, extasiados, perfumaban el aire con alabanzas y cantos, pudrían las venas de la preparada, levantaban las manos buscando en el cielo a los dioses, las hundían en su cuerpo danzando la tortura.
La sangre comenzó a correr por la mesa hacia la copa de oro preparada para la ocasión; ella había dejado de llorar lágrimas de pureza, ahora de rojo lloraba. El gato maullaba, mientras los ojos de la joven se entrecerraban ya sin fuerzas. La soledad siempre grita cuando los ojos se cierran. Ella, con su cuerpo enmascarado por las manos de los sacerdotes, ya no latía su vida, aunque nunca lo había hecho; se dejaba ir hacia el dios con los mensajes de los hombres, su garganta de callaba igual que su cuerpo, su vientre regaba la copa que iba a ser alzada en honor a los dioses y que iba tomando ese color de maldoror, los mensajes estaban en camino mientras ella se hundía en el silencio; ella había sido preparada para ser la gran intermediaria entre los dioses y los hombres. La expiación de la palabra se había ejecutado como debía ser por cada siglo escrito por los hombres.

06 junio, 2008

Isadora, mi Terpsícore

Isadora Duncan se encuentra entre los talentos vanguardistas de primera línea de la danza moderna. Aunque trabajaban separadamente -pero en la misma dirección- tanto Loie Fuller, Ruth St. Denis, Ted Shawn, Mary Wigman como la Duncan, rompieron con los limites metodológicos del Ballet, buscando una salida para expresarse individualmente en la danza. La Duncan, en especial, practicó un arte sumamente personal y, en consecuencia, ninguna de sus danzas sobrevive en el repertorio de las compañías actuales de danza moderna. Sin embargo, lo que si ha perdurado, es la forma en que ella se acercó a la danza cuyo desarrollo es recordado en su autobiografía, publicada en forma póstuma en 1927.

“Pasaba días y noches en el estudio, buscando aquella danza que pudiera ser la divina expresión de espíritu humano a través del movimiento corporal. Permanecía horas y horas, inmóvil y extática con las dos manos cruzadas sobre mis senos, cubriendo el plexo solar. Mi madre se alarmaba al verme tanto tiempo inmóvil, como en éxtasis; pero yo pude, al fin, descubrir el resorte central de todo movimiento, el cráter de la potencia creadora, la unidad de donde nace toda clase de movimientos, el espejo de visión para la creación de la danza. De este descubrimiento nació la teoría en la que fundé mi escuela. Las escuelas de baile enseñaban a sus alumnos que ese resorte se hallaba en el centro de la espalda, en la base de la espina dorsal. ‘De esta base -decían los maestros de baile- brazos, piernas y tronco brotan en libre movimiento’. El resultado era una impresión de muñecas articuladas. Este método producía un movimiento mecánico artificial, indigno del alma. Yo por el contrario, busqué el manantial de la expresión espiritual para encauzarlo en lo canales del cuerpo, inundándolo de una luz vibrante; la fuerza centrifuga que reflejaba la visión del espíritu. Al cabo de muchos meses, cuando había aprendido ya a reunir todas mis fuerzas en ese centro, me di cuenta de que, según escuchaba yo la música, las vibraciones de esta música afluían al manantial único de luz que habla dentro de mi, y que en este manantial se reflejaban en una visión espiritual. No era un espejo del cerebro, sino del alma, y según fuera la visión reflejada podía yo expresar en forma de danza las vibraciones musicales. (…)
Me parecía dificilísimo explicar todo esto con palabras; pero cuando me hallaba en clase ante los niños más pequeños y pobres, les decía: ‘Escuchad la música con vuestra alma, y ahora, mientras escucháis, ¿no sentís dentro de vosotros mismos a un ser interior que se despierta y que os hace levantar la cabeza, elevar los brazos y marchar lentamente hacia la luz?’ Y todos me comprendían. Este despertar es el primer paso de la danza, tal como yo la concebía.”

DUNCAN, Isadora ([1938]1996) Mi vida. Ed. Losada S. A. Bs. As. Argentina



Al tiempo que Silvia, mi maestra de danza, me leyera estas líneas me venían a la memoria las mañanas en las que únicamente podía levantarme tempranito: aquellas en las que me encontraba con mi danza. Levantarme a las ocho de la mañana de los sábados y los domingos sólo para bailar era lo único que ansiaba durante toda la semana. Recorría el salón durante un rato como para que mis pies sintieran el piso, mi cuerpo reconociera cada rincón por el que luego transitaría y mis sentidos se abrieran a la nueva experiencia de reencuentro. Pasaba horas solo con la música, escuchándola y registrando las posibilidades que me daba de viajar por momentos de alegría y tristeza, por recuerdos de amor y de odio, por travesías que puede apreciar únicamente mi público selecto -ejjejejee, no hay nada mejor que uno elija su público imaginario, ése que aplaude hasta el hartazgo aun sabiendo de una caída o un intento de caída, ejejejje-.
En esos años, estar todos los días con gente que odiaba su cuerpo o renunciaba a lo que él necesitaba me impedía leerme, reconocerme, reencontrarme; todos nos ocultamos, caemos en las sombras de las palabras, callamos un ritmo intenso que solo nuestro cuerpo es capar de resistir, y todo por prejuicios, solamente por prejuicios. Allí es donde apareció Isadora en mi vida, con su danza nacida desde el cuerpo mismo. Apareció ella con su vida traída de las novelas románticas. La heroína que enfrenta los cánones de la sociedad solo para poder expresar lo que el cuerpo le pide, necesita o, simplemente eso: poder expresarse. Dos palabras muy simbólicas para mis oídos: poder y expresar. Solo en el momento que me expreso, sólo en ese momento, puedo. Puedo ser, puedo estar, puedo hacer, puedo crear, puedo danzar. ¿Ven? ¡Soy poderoso! Decía Isadora: ‘Escuchad la música con vuestra alma, y ahora, mientras escucháis, ¿no sentís dentro de vosotros mismos a un ser interior que se despierta y que os hace levantar la cabeza, elevar los brazos y marchar lentamente hacia la luz?’. Sentía esa fuerza que Isadora proponía, pero mis miedos propios de la adolescencia hacían que mis pies se quedaran quietos y silenciosos ante la mirada del público real -que a decir verdad era mucho más sincero-.
Pero mientras leía más y más sobre la vida de esta bailarina fue al fin que encontré una respuesta a este miedo inquebrantable: ‘Si yo no hubiera visto la danza como un Solo, mi camino habría sido sencillísimo’. En esas horas que me internaba en el salón de danza, era mi cuerpo, mi energía y la música los que lo llenaban. No había más nadie. Solo después cuando creara la danza solista de El Antigal, mi cuerpo se liberó, yo me expresé y me dejé ser. Pero apareció luego ese problema que Isadora mencionaba: el soliloquio tenía sus desventajas, pero ello es otro momento de encuentro.
Era entonces que la danza se habría paso entre mi vida. Isadora, mi Terpsícore, llegaba a mi cuerpo y a mi mente. El silencio comenzaba a escaparse. Y el verso danzado nacía ansioso.

13 septiembre, 2006

EL DÚO NOCTURNO

I
Uno cantaba frases de noche como "...en medio de la nada todo se hace modo de medir el tiempo..." o "...el ente del deseo se duerme entre sonidos de lágrimas..." El otro lloraba del dolor corporal que le infundían esas palabras pero lo mismo iba de aquí para allá, corriendo, caminando y llorando, por supuesto. Estaban pegados por la mitad de una cara que no terminaba ni en sonrisa ni en tristeza, una cara sin eco en el alma; Uno tenía las palabras que eran medio para ver, medio para tocar la realidad, y El otro tenía los movimientos que contaban los segundos que llevaban vividos.

II
"Según me brotan las palabras estoy de manera inocua. los silencios se apoderan de la paciencia de los sueños que no se dejan decir en la noche. Así, busco en esta manera tan particular de buscar, esperando por tu llegada, como lamentando el tiempo de la quietud y la espera, busco esperando lo que busco en los sonidos, la compañia de este ser; sí, de vos, ¿qué no te das cuenta de que te hablo y hablo de vos?. Vos que libenter in umbra ámbulas y en la mutación constante de la quietud, y además, mudo...", decía Uno mientras balbuceaba versos en voz baja como las viejas lloran el rosario de sus muertos. El otro, llorando, perseguía una mariposa sin contornos ni color, sin alas ni vuelo, jugaba con las cornisas del escenario improvisado en el que se encontraban, y se revolcaba al lado de Uno danzando ahora sus versos musitados:
"longum
est silentium
me osse...
me ore...
mecum..."
El otro miró con tal fuerza que lo tiró al suelo y aquel comnzó de nuevo a cantar las palabras...

III
"Yo busco que la noche caiga de manera estrepitosa... O que se mantenga en tensión esquizofrénica, y eso sólo se da cuando camina por una cornisa hacia la nada. Esta vida llena de palabras me lleva al silencio, y no soporto esa idea...Anoche se me caían los ojos por el cielo y se me perdieronentre los árboles negros, seguían cayendo sin ritmo...ritmo, ritmo, ritmo... que desperdiguen mis sentidos de la pulsión de las agujas, ¡por favor!, que mi arritmia sea una sola con la de la lluvia, con la del llanto de los dioses que no conozco, con la del viento insurrecto y perdido; pero...sí, perdido y perdiéndome, sin el hilo ariadno que tense mi mano con la tranquilidad del paso descansado, descallado.
Juego con las palabras, a pesar de su soledad intrínseca, y juego con la prometeicas a escondernos en un libro virgen, con mis atalantas a regar con los pasos perdidos las horas azules evocadas, que son eco sin fuerza, castigadas a no pronunciarse, lo mismo juego con ellas...", decía Uno. El otro danzaba encorvado y con los ojos contornados; enunciando manos parásitas que ruegan, rodillas que niegan sexos y una cabeza que proscribe símbolos, su cuerpo cantaba en una tonalidad de constante contrapunto.