Isadora, mi Terpsícore
Isadora Duncan se encuentra entre los talentos vanguardistas de primera línea de la danza moderna. Aunque trabajaban separadamente -pero en la misma dirección- tanto Loie Fuller, Ruth St. Denis, Ted Shawn, Mary Wigman como la Duncan, rompieron con los limites metodológicos del Ballet, buscando una salida para expresarse individualmente en la danza. La Duncan, en especial, practicó un arte sumamente personal y, en consecuencia, ninguna de sus danzas sobrevive en el repertorio de las compañías actuales de danza moderna. Sin embargo, lo que si ha perdurado, es la forma en que ella se acercó a la danza cuyo desarrollo es recordado en su autobiografía, publicada en forma póstuma en 1927.
“Pasaba días y noches en el estudio, buscando aquella danza que pudiera ser la divina expresión de espíritu humano a través del movimiento corporal. Permanecía horas y horas, inmóvil y extática con las dos manos cruzadas sobre mis senos, cubriendo el plexo solar. Mi madre se alarmaba al verme tanto tiempo inmóvil, como en éxtasis; pero yo pude, al fin, descubrir el resorte central de todo movimiento, el cráter de la potencia creadora, la unidad de donde nace toda clase de movimientos, el espejo de visión para la creación de la danza. De este descubrimiento nació la teoría en la que fundé mi escuela. Las escuelas de baile enseñaban a sus alumnos que ese resorte se hallaba en el centro de la espalda, en la base de la espina dorsal. ‘De esta base -decían los maestros de baile- brazos, piernas y tronco brotan en libre movimiento’.
El resultado era una impresión de muñecas articuladas. Este método producía un movimiento mecánico artificial, indigno del alma. Yo por el contrario, busqué el manantial de la expresión espiritual para encauzarlo en lo canales del cuerpo, inundándolo de una luz vibrante; la fuerza centrifuga que reflejaba la visión del espíritu. Al cabo de muchos meses, cuando había aprendido ya a reunir todas mis fuerzas en ese centro, me di cuenta de que, según escuchaba yo la música, las vibraciones de esta música afluían al manantial único de luz que habla dentro de mi, y que en este manantial se reflejaban en una visión espiritual. No era un espejo del cerebro, sino del alma, y según fuera la visión reflejada podía yo expresar en forma de danza las vibraciones musicales. (…)
Me parecía dificilísimo explicar todo esto con palabras; pero cuando me hallaba en clase ante los niños más pequeños y pobres, les decía: ‘Escuchad la música con vuestra alma, y ahora, mientras escucháis, ¿no sentís dentro de vosotros mismos a un ser interior que se despierta y que os hace levantar la cabeza, elevar los brazos y marchar lentamente hacia la luz?’ Y todos me comprendían. Este despertar es el primer paso de la danza, tal como yo la concebía.”
DUNCAN, Isadora ([1938]1996) Mi vida. Ed. Losada S. A. Bs. As. Argentina
Isadora Duncan se encuentra entre los talentos vanguardistas de primera línea de la danza moderna. Aunque trabajaban separadamente -pero en la misma dirección- tanto Loie Fuller, Ruth St. Denis, Ted Shawn, Mary Wigman como la Duncan, rompieron con los limites metodológicos del Ballet, buscando una salida para expresarse individualmente en la danza. La Duncan, en especial, practicó un arte sumamente personal y, en consecuencia, ninguna de sus danzas sobrevive en el repertorio de las compañías actuales de danza moderna. Sin embargo, lo que si ha perdurado, es la forma en que ella se acercó a la danza cuyo desarrollo es recordado en su autobiografía, publicada en forma póstuma en 1927.
“Pasaba días y noches en el estudio, buscando aquella danza que pudiera ser la divina expresión de espíritu humano a través del movimiento corporal. Permanecía horas y horas, inmóvil y extática con las dos manos cruzadas sobre mis senos, cubriendo el plexo solar. Mi madre se alarmaba al verme tanto tiempo inmóvil, como en éxtasis; pero yo pude, al fin, descubrir el resorte central de todo movimiento, el cráter de la potencia creadora, la unidad de donde nace toda clase de movimientos, el espejo de visión para la creación de la danza. De este descubrimiento nació la teoría en la que fundé mi escuela. Las escuelas de baile enseñaban a sus alumnos que ese resorte se hallaba en el centro de la espalda, en la base de la espina dorsal. ‘De esta base -decían los maestros de baile- brazos, piernas y tronco brotan en libre movimiento’.
El resultado era una impresión de muñecas articuladas. Este método producía un movimiento mecánico artificial, indigno del alma. Yo por el contrario, busqué el manantial de la expresión espiritual para encauzarlo en lo canales del cuerpo, inundándolo de una luz vibrante; la fuerza centrifuga que reflejaba la visión del espíritu. Al cabo de muchos meses, cuando había aprendido ya a reunir todas mis fuerzas en ese centro, me di cuenta de que, según escuchaba yo la música, las vibraciones de esta música afluían al manantial único de luz que habla dentro de mi, y que en este manantial se reflejaban en una visión espiritual. No era un espejo del cerebro, sino del alma, y según fuera la visión reflejada podía yo expresar en forma de danza las vibraciones musicales. (…)Me parecía dificilísimo explicar todo esto con palabras; pero cuando me hallaba en clase ante los niños más pequeños y pobres, les decía: ‘Escuchad la música con vuestra alma, y ahora, mientras escucháis, ¿no sentís dentro de vosotros mismos a un ser interior que se despierta y que os hace levantar la cabeza, elevar los brazos y marchar lentamente hacia la luz?’ Y todos me comprendían. Este despertar es el primer paso de la danza, tal como yo la concebía.”
DUNCAN, Isadora ([1938]1996) Mi vida. Ed. Losada S. A. Bs. As. Argentina
Al tiempo que Silvia, mi maestra de danza, me leyera estas líneas me venían a la memoria las mañanas en las que únicamente podía levantarme tempranito: aquellas en las que me encontraba con mi danza. Levantarme a las ocho de la mañana de los sábados y los domingos sólo para bailar era lo único que ansiaba durante toda la semana. Recorría el salón durante un rato como para que mis pies sintieran el piso, mi cuerpo reconociera cada rincón por el que luego transitaría y mis sentidos se abrieran a la nueva experiencia de reencuentro. Pasaba horas solo con la música, escuchándola y registrando las posibilidades que me daba de viajar por momentos de alegría y tristeza, por recuerdos de amor y de odio, por travesías que puede apreciar únicamente mi público selecto -ejjejejee, no hay nada mejor que uno elija su público imaginario, ése que aplaude hasta el hartazgo aun sabiendo de una caída o un intento de caída, ejejejje-.
En esos años, estar todos los días con gente que odiaba su cuerpo o renunciaba a lo que él necesitaba me impedía leerme, reconocerme, reencontrarme; todos nos ocultamos, caemos en las sombras de las palabras, callamos un ritmo intenso que solo nuestro cuerpo es capar de resistir, y todo por prejuicios, solamente por prejuicios. Allí es donde apareció Isadora en mi vida, con su danza nacida desde el cuerpo mismo. Apareció ella con su vida traída de las novelas románticas. La heroína que enfrenta los cánones de la sociedad solo para poder expresar lo que el cuerpo le pide, necesita o, simplemente eso: poder expresarse. Dos palabras muy simbólicas para mis oídos: poder y expresar. Solo en el momento que me expreso, sólo en ese momento, puedo. Puedo ser, puedo estar, puedo hacer, puedo crear, puedo danzar. ¿Ven? ¡Soy poderoso! Decía Isadora: ‘Escuchad la música con vuestra alma, y ahora, mientras escucháis, ¿no sentís dentro de vosotros mismos a un ser interior que se despierta y que os hace levantar la cabeza, elevar los brazos y marchar lentamente hacia la luz?’. Sentía esa fuerza que Isadora proponía, pero mis miedos propios de la adolescencia hacían que mis pies se quedaran quietos y silenciosos ante la mirada del público real -que a decir verdad era mucho más sincero-.
Pero mientras leía más y más sobre la vida de esta bailarina fue al fin que encontré una respuesta a este miedo inquebrantable: ‘Si yo no hubiera visto la danza como un Solo, mi camino habría sido sencillísimo’. En esas horas que me internaba en el salón de danza, era mi cuerpo, mi energía y la música los que lo llenaban. No había más nadie. Solo después cuando creara la danza solista de El Antigal, mi cuerpo se liberó, yo me expresé y me dejé ser. Pero apareció luego ese problema que Isadora mencionaba: el soliloquio tenía sus desventajas, pero ello es otro momento de encuentro.
Era entonces que la danza se habría paso entre mi vida. Isadora, mi Terpsícore, llegaba a mi cuerpo y a mi mente. El silencio comenzaba a escaparse. Y el verso danzado nacía ansioso.
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