LA MENSAJERA
Ella entró desnuda, obsecuente por la inmensa puerta que se erigía en la entrada del palacio con un gato en la mano y doce perros atrás que la custodiaban. Su mediana estatura se confundía entre las sombras; sus caderas inmaduras mostraban el paso lento del tiempo en su curvatura, su largo cabello le tapaba sus senos y en su rostro vestía dos lágrimas. Cuando llegó a la habitación del oráculo los hombres que rodeaban la gran mesa tomaron un perro cada uno, pues ya estaban contados los pasos que debían seguir de ahí en más. Caminaron en círculos alrededor de la mesa donde la joven estaba ya recostada y los murmullos comenzaron a rondar por la sala, se confundían con la oración del gran sacerdote que intentaba consolar a la joven mediante caricias que no hacían más que golpearla, más y más.
Los hombres luego de haber dado las doce vueltas y haber confesado sus pecados y ofensas a los dioses, acogotaron a todos los perros, uno a uno iban cayendo de entre las manos de los sacerdotes. Las palabras se transformaron en aullidos que presagiaban la escena posterior de la noche; el dios mayor mandaba a su hija mayor a reclamar lo que le que les correspondía: a ella, los perros con sus secretos y pecados y a él, la joven con los pedidos.
La joven con su gato en las manos seguía llorando sobre la mesa llena de edredones. Los sacerdotes comenzaron a danzar un ritual antiguo, gritaban, giraban y gemían todos a un tiempo sin medida. El gato se escapó de la joven y se plegó a la danza de los sacerdotes, se regodeaba entre las piernas, relamía las vestiduras negras que, a medida que avanzaba la danza, iban siendo cada vez menos. Los hombres desnudos todos, ahora, buscaban a la joven, tenían que entrar en ella para llegar a los dioses y realizar sus peticiones; en el interior de la joven se encontraba la palabra hacia los dioses. Ella lloraba y lloraba y ellos, extasiados, perfumaban el aire con alabanzas y cantos, pudrían las venas de la preparada, levantaban las manos buscando en el cielo a los dioses, las hundían en su cuerpo danzando la tortura.
La sangre comenzó a correr por la mesa hacia la copa de oro preparada para la ocasión; ella había dejado de llorar lágrimas de pureza, ahora de rojo lloraba. El gato maullaba, mientras los ojos de la joven se entrecerraban ya sin fuerzas. La soledad siempre grita cuando los ojos se cierran. Ella, con su cuerpo enmascarado por las manos de los sacerdotes, ya no latía su vida, aunque nunca lo había hecho; se dejaba ir hacia el dios con los mensajes de los hombres, su garganta de callaba igual que su cuerpo, su vientre regaba la copa que iba a ser alzada en honor a los dioses y que iba tomando ese color de maldoror, los mensajes estaban en camino mientras ella se hundía en el silencio; ella había sido preparada para ser la gran intermediaria entre los dioses y los hombres. La expiación de la palabra se había ejecutado como debía ser por cada siglo escrito por los hombres.
Ella entró desnuda, obsecuente por la inmensa puerta que se erigía en la entrada del palacio con un gato en la mano y doce perros atrás que la custodiaban. Su mediana estatura se confundía entre las sombras; sus caderas inmaduras mostraban el paso lento del tiempo en su curvatura, su largo cabello le tapaba sus senos y en su rostro vestía dos lágrimas. Cuando llegó a la habitación del oráculo los hombres que rodeaban la gran mesa tomaron un perro cada uno, pues ya estaban contados los pasos que debían seguir de ahí en más. Caminaron en círculos alrededor de la mesa donde la joven estaba ya recostada y los murmullos comenzaron a rondar por la sala, se confundían con la oración del gran sacerdote que intentaba consolar a la joven mediante caricias que no hacían más que golpearla, más y más.
Los hombres luego de haber dado las doce vueltas y haber confesado sus pecados y ofensas a los dioses, acogotaron a todos los perros, uno a uno iban cayendo de entre las manos de los sacerdotes. Las palabras se transformaron en aullidos que presagiaban la escena posterior de la noche; el dios mayor mandaba a su hija mayor a reclamar lo que le que les correspondía: a ella, los perros con sus secretos y pecados y a él, la joven con los pedidos.La joven con su gato en las manos seguía llorando sobre la mesa llena de edredones. Los sacerdotes comenzaron a danzar un ritual antiguo, gritaban, giraban y gemían todos a un tiempo sin medida. El gato se escapó de la joven y se plegó a la danza de los sacerdotes, se regodeaba entre las piernas, relamía las vestiduras negras que, a medida que avanzaba la danza, iban siendo cada vez menos. Los hombres desnudos todos, ahora, buscaban a la joven, tenían que entrar en ella para llegar a los dioses y realizar sus peticiones; en el interior de la joven se encontraba la palabra hacia los dioses. Ella lloraba y lloraba y ellos, extasiados, perfumaban el aire con alabanzas y cantos, pudrían las venas de la preparada, levantaban las manos buscando en el cielo a los dioses, las hundían en su cuerpo danzando la tortura.
La sangre comenzó a correr por la mesa hacia la copa de oro preparada para la ocasión; ella había dejado de llorar lágrimas de pureza, ahora de rojo lloraba. El gato maullaba, mientras los ojos de la joven se entrecerraban ya sin fuerzas. La soledad siempre grita cuando los ojos se cierran. Ella, con su cuerpo enmascarado por las manos de los sacerdotes, ya no latía su vida, aunque nunca lo había hecho; se dejaba ir hacia el dios con los mensajes de los hombres, su garganta de callaba igual que su cuerpo, su vientre regaba la copa que iba a ser alzada en honor a los dioses y que iba tomando ese color de maldoror, los mensajes estaban en camino mientras ella se hundía en el silencio; ella había sido preparada para ser la gran intermediaria entre los dioses y los hombres. La expiación de la palabra se había ejecutado como debía ser por cada siglo escrito por los hombres.
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